OTRA EXPLOSIÓN, OTRO ARTE

Suena la segunda llamada. A la par que los espectadores van acomodándose en sus asientos, los siete actores de “Años luz” van tomando posición en el escenario. Mientras los murmullos se acallan, ellos dejan de ser Sergio Armasgo, Francisco Cabrera, Natalia Cárdenas, Gabriel Gil Sanllehi, Malu Gil Lohmann, Diego Lombardi y Julia Thays, para convertirse en personajes capaces de traspasar espacio y tiempo en busca de esperanza.

OTRA EXPLOSIÓN, OTRO ARTE

Escribe Paloma Gamarra

Con un formato atípico, “Años luz” es el conjunto de técnicas, herramientas, lenguaje y creatividad que busca su propio camino para narrar no una sino siete historias que teniendo como vínculo objetos tan simples –como una fotografía o una carta– se irán entrelazando poco a poco, a la vez que complicándose o resolviéndose.

“Fede me buscó, me pidió que leyera y le avisara si estaba interesado en montarla; luego de revisar el texto entendí por qué me eligió”, recuerda Ernesto Barraza, director de la obra, respecto de su amigo Federico Abrill, el dramaturgo. “Cómo no interesarme si en el texto hay un estilo particular, una narración con tantas características que coinciden con la idea que yo tengo del teatro.”

En el guion, la obra empieza con un monólogo que tiene como única acotación que sea dicho por “un actor”. Para escoger al actor, Barraza resolvió de la forma más inocente que pudo: jugar yan ken po. “Desde ese momento que el texto solo dice ‘un actor’, ya se me están dando libertades. Ese monólogo lo saben todos. Una vez en el escenario es que juegan para ver quién lo interpretará”, así que la responsabilidad actante inicial cae con el mismo peso en todos.

Este también fue uno de los motivos para que la obra, que consta de un solo acto, tuviera sobre las tablas a los siete actores todo el tiempo. La propuesta de dirección necesitaba generar una dinámica en la que nadie supiera quién empezaba pero que, además, durante el desarrollo de la misma, no se escapara la energía por ningún lado.

Así, el escenario se convierte en una caja de sorpresa en la que cada actor espera su turno. Las miradas entre ellos se cruzan y cuando hay un quiebre, se levantan y continúan. Es como dar pause y play: una historia se va desarrollando mientras la otra espera, ocurre algo, se detiene brevemente para darle paso a la siguiente y luego volver. Esta cohesión coloca al actor en la misma situación expectante que el público, volviéndose un recordatorio de que lo que se ha ido a ver es una hermosa mentira, una reinterpretación de la verdad.

EL COHERENTE SINSENTIDO
Además, los personajes provienen de países, lenguajes y costumbres distintas. ¿Cómo es que no es un pequeño desastre? ¿Cómo ha logrado el mensaje llegar al público? “Lo más complejo de la propuesta era eso –explica el director. Cuando lo conversamos pasaba lo clásico de explicarlo todo y que nadie entienda nada. Yo tenía la idea, pero el equipo me miraba y me decían ‘bien, ¿pero ahora cómo lo hacemos?’ Encontrar nuestra dinámica fue lo más duro”. El proceso empezó con los actores ensayando sus historias por separado. Solo cuando las sintieron enrumbadas iniciaron el ensamble.

Otro reto fue el lenguaje. Si bien la historia tiene como tema central la comunicación (o la falta de esta), es irónico que algunos personajes sean de Dinamarca o Londres. De hecho, los diálogos no se dan en esos idiomas más que al final de la obra a modo de cierre. Para ayudarse a exponer dicha diferencia lingüística, Barraza no tuvo miedo de valerse de ciertos artilugios. “Este texto me dio la posibilidad de experimentar y jugar fuera del teatro clásico. Encontré otras formas de contar a través de la proyección de video, de subtítulos, palabras sueltas que potencien las escenas. He querido usar la tecnología a mi favor”. Y lo ha hecho a conciencia pues los elementos que componen cada escena, desde el tipo de fuente para cada palabra proyectada hasta las melodías sutiles que acompañan los diálogos, contienen un hilo que entrelaza y da sentido. Hay otras que solo son silencio y es igualmente comunicador.

CONEXIONES ATEMPORALES
“Años luz” es conexión, con toda la ambivalencia que el término genera hoy. Esta es también una característica de la dramaturgia de Federico Abrill, quien se esfuerza por remarcar (y hasta revalorizar) sentimientos tan primarios como profundos; entiéndase en ellos al amor, el miedo o el deseo de esperanza.

Para lograrlo, solo dos elementos: una fotografía y una carta embotellada. Ambas irán mutando en tanto las historias se entretejan. Cada una tendrá un rumbo distinto, un peso que, así como en la vida real, será diferente para cada quien. Por ello no importará si se habla de suicidio, de tener un orgasmo antes de morir, de atreverse a besar a un chico siendo homosexual o volver a casa a ver tus padres; las historias son finalmente historias. Qué se esfuerzan por decirnos es lo realmente importante. Y es conmovedora la necesidad de darle sentido a esos sentimientos que brotan y se dejan expresar. Esas “explosiones”, como lo definió Abrill, son las que obligan al cambio.

“Saltar”, dice el personaje de Malu Gil, en una de las escenas finales. Saltar es decidirse a encontrar con qué conectar, no importa el tiempo que tarde o el esfuerzo que tome descubrir lo que cada uno percibe como felicidad. Saltar para Federico Abrill y Ernesto Barraza fue encontrar un camino en el teatro que hicieron suyo pero que se lo ofrendaron al público en cada función.

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