AMOR RECICLADO

Tuvieron que pasar seis años para que Daniel Huarocc volviera a Perú. En ese tiempo ha recorrido casi toda Sudamérica junto a Cero y sus demás títeres. Así, “De trapos y cartón” llega a cargo de su grupo Concolorcorvo – Teatro de Animación y la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD) en una nueva temporada que promete hacer soñar a los niños, y a los adultos querer ser niños.

AMOR RECICLADO

Escribe Paloma Gamarra

Cero aparece en el escenario vestido de trapo, solo, de aspecto cansado. Se despereza y cuidadosamente deja en el desván el objeto más valioso de la habitación: un corazón. Un corazón que Cero, anciano maestro del reciclaje y protagonista de esta historia, aguarda encontrar a quién entregárselo.

“Hay una metáfora muy linda en todo esto”, afirma con ilusión Daniel Huarocc, director de la obra y titiritero responsable de este fantasioso artilugio escénico. “Necesitaba plasmar la alegría inmensa que se sentí al ser papá, poner sobre las tablas todo ese amor”. Pero “De trapos y cartón” refleja mucho más que eso pues, a pesar de ser una obra diligente para el espectador, tiene una serie de temas ocurriendo simultáneamente.

Así, esta historia que cautiva tanto a niños como a adultos, entreteje la vida del ya mencionado Cero, un hombre viejo a quien le hurtan el corazón que custodiaba para el niño que creó. Si bien las reminiscencias al clásico “Pinocho”, del italiano Carlo Collodi, saltan a primera impresión, la originalidad con que Daniel da vida a este personaje marca la diferencia. Y es que para su confección Cero se la pasa recogiendo botellas, bolsas, chapas, plástico, trapos y cartón: basura que no es basura.

Terminada la función y conversando con el público, Huarocc levanta cuidadosamente a Cero, señala una a una sus partes y comenta: “Esto va a sonar bien romántico pero la verdad es que todo se hizo con material viejo y mucho amor. Mucho amor al trabajo, al arte. Utilizo todo lo que tengo a la mano, trapitos, chompas viejas, bolsas”. Entonces se percata de unas flores envueltas en yute que le dejaron cerca al escenario, las coge y sonríe: “Ya se fregaron, aquí tenemos para dos títeres más”.

DARLE VIDA AL TÍTERE Y VICEVERSA

El anciano Cero y el niño para quien guarda su corazón.

Daniel es aviador de profesión pero lo dejó porque su motivación estaba del lado opuesto a la lógica y el control. Ha estudiado artes plásticas y dirige teatro físico, pero incluso eso está lejos de lo que hace ahora: permanecer en el completo anonimato sobre el escenario para que sean sus títeres y las historias de estos quienes tengan el protagonismo.

Es inusual que alguien en el medio teatral esconda su rostro, su cuerpo, que no quiera ser reconocido por su actuación, pero Daniel así lo prefiere, solo ser quien les de voz y vida a sus personajes. ¿Por qué? “Me quedé con los títeres porque para mí representan la síntesis de todas las artes. Es un elemento muy potente. Le creo más a un títere que a un actor. Te permiten jugar con el imaginario… no sé, el títere y el silencio me generan más cosas, es como la poesía”.

Vestido de negro, casi ocultándose durante toda la función, Daniel se desplaza sigiloso, invisible, permitiendo así que toda la atención del público esté en sus personajes, cuyos movimientos fluyen en el ambiente con vida propia gracias a él. Solo música instrumental y el recorrido de las luces los acompañan, haciendo poesía, como bien describió.

PERFECCIONAR EL JUEGO

Escenografía realizada íntegramente con materiales reciclados. PH: Paloma Gamarra.

Huarocc regresa a Perú, su patria, después de haber recorrido Chile (donde actualmente reside), Brasil, Colombia y Bolivia. Satisfecho, cuenta que para él es todo un privilegio vivir haciendo lo que ama, pero sabe que lo consiguió porque se arriesgó a mejorar el juego, perfeccionar las voces, los efectos especiales que dependen únicamente de su voz y la lejanía del micrófono.

Aprendió de pequeñito a buscar su propia diversión. “Imitaba todo lo que había en la radio. Escuchaba, imaginaba y repetía. No tenía muñecos y eso me sirvió porque como no los tenía, me los inventaba”, nos dice mientras la nostalgia se filtra y afirmar cuan fundamental fue su infancia en su trabajo actual. Incluso recuerda la textura de las paredes donde creció, en Barrios Altos, la paleta cromática entre marrones y amarillos, precisamente como el barro que veía a diario y hoy se ven reflejados en sus títeres, en cada uno de los elementos que lo acompañan en el escenario hasta que baja el telón.

“De trapos y cartón” es mezcla de emociones: es Daniel afrontando el amor paternal, saboreándolo; es su preocupación constante y urgente por el medio ambiente; es su pasión por el teatro, por revalorizar el teatro de objetos; y es, sobre todo, su ferviente deseo por enseñarnos el arte de disfrutar el silencio, que la comunicación sin diálogo es también posible.

Urgen obras así, que no subestiman al niño y les den perspectiva a los adultos que los acompañan, pues como dice el polaco Peter Schumann, maestro titiritero, “el teatro que hacemos no es para niños sino para el niño roto dentro de cada adulto”. La belleza es simple.

 

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Foto de portada: Paloma Gamarra.

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