CALMA CHICHA

Descubrimos que Oswaldo Reynoso, uno de nuestros más importantes narradores, también fungió como crítico de teatro. Reproducimos este texto encontrado en el primer número de “Destino – Revista de Cultura”, fechada en julio de 1963 y dirigida por el poeta Manuel Velázquez Rojas. Duro pero claro, el novelista no se amilana en su análisis, el cual reprueba la obra “La chicha está fermentando”, del también arequipeño Rafael del Carpio Carrillo.

CALMA CHICHA

Escribe Oswaldo Reynoso

Presentamos, en forma esquemática, algunas consideraciones sobre “La chicha está fermentando” de Rafael del Carpio Carrillo.

EL AUTOR
R.d.C.C. era conocido por su antológico artículo “La nariz de Texao” publicado en una revista arequipeña. Transcribo para el lector un párrafo: “Se piensa en determinada cámara con acústica para aquellas inquietudes precisamente a la sordina de este pueblo: aisladamente dispersas y con alguna parsimoniosa propensión –como silvestre y socarrona- por la demolición de los razonamientos demasiado ajenos; pero además…” (sic). En estos últimos días las carteleras municipales anunciaron el estreno de una obra teatral de R.d.C.C. Y nos fuimos a “La cabaña”.

ASUNTO Y NOMBRE
La chicha está fermentando” es la adaptación en curso lineal de uno de los peores cuentos de Porfirio Meneses. El señorito R.d.C.C. demostrando extraordinario sentido publicitario, puso a su “obra” el sugestivo título de “La chicha está fermentando”. Título que, a tono con los vientos que agitan las esperanzas de nuestro pueblo, nos hace pensar en algún planteamiento de revolución social. Sin embargo, la chicha no tiene que ver con el asunto tratado y, además, el autor no nos muestra la fermentación de nada.

CONCEPCIÓN
Se ha dicho que la excelencia de la estructura de la obra literaria es consecuencia directa de la bondad o veracidad de la concepción vital o creativa que el autor trata de presentar. De ahí que nuestra primera tarea sea poner de manifiesto la tesis que el señorito R.d.C.C. ha tratado de desarrollar en su “obra” de marras. Para este señorito, el indígena y el cholo serrano son iguales. Entendemos que, por el contrario, son dos grupos perfectamente diferenciados. Los personajes de R.d.C.C., con el mayor desparpajo, se presentan, sucesivamente, como indios y como cholos. Esta miopía, descaradamente racial, corresponde a la concepción errada que la huachafa aristocracia provinciana y el señoritismo limeño tienen del Perú serrano.

Cuadro del pintor peruano Rafael Jiménez que representa una escena “La chicha está fermentando”. Están representados los actores Gabriel Alejandro Figueroa y Delia Fortún Figueroa.

Durante todo “el tempo” del asunto, año y meses, los personajes se dedican a tomar grandes cantidades de licor (no digo chicha, por respeto). No da la impresión de estar frente a un hogar campesino. Parece que estuviéramos frente a una cantina. Primera conclusión: los indios o cholos serranos son alcohólicos empedernidos. ¿Y a qué hora realizan las faenas del campo? ¿O es que viven de un prodigioso maná?

Tanto hombres como mujeres presentan una atroz orfandad de sentimientos nobles. No hay un solo instante de ternura. Todo es ambición desmedida, juego erótico, animal, sin amor. Para ellos, de acuerdo al autor, la muerte es un acto grosero. Segunda conclusión: los indios o cholos serranos, para el autor, son antropoides, sub-hombres. ¿Y así es nuestro pueblo serrano? ¿Y la ternura del harawi?

Sin embargo, el Juez es un personaje importante para la demostración de la falsa tesis del autor. Este personaje, el Juez, es el símbolo de la civilización y de la justicia inteligente de Lima. Es el representante de la higiene física del blanco: no puede soportar el olor de los indios. Apenas si cobra 120 soles por una acción dolosa. Tercera conclusión. El blanco letrado es un mártir. ¿Y dónde está el Juez de Provincia que mediante el mañoso empleo de las leyes se queda con las tierras y ganados de los indios?

Conclusión final: para el señorito R.d.C.C. los indios o los cholos serranos son antropoides, sub-hombres, incapaces de ternura, de amor. Ambiciosos, mentirosos, sucios, borrachos y holgazanes hasta la desesperación. De este inicial planteamiento es tarea fácil llegar a conclusiones coloniales y cavernarias. Es decir, dada la incapacidad humana del indio, el blanco debe darle un tutelaje patriarcal. No se crea que nuestra intención es desempolvar el viejo problema del indigenismo y el hispanismo. No. De ninguna manera, estamos contra la concepción del señorito R.d.C.C., porque es mentirosa y cínicamente torcida. El indio y el cholo serrano, ahora, más que nunca, está en un proceso de auto-descubrimiento de sus posibilidades de creación y progreso.

INTENCIÓN TEATRAL DEL AUTOR
Sin equívoco se puede afirmar que la intención del autor ha sido, partiendo de su falsa concepción, presentarnos un cuadro naturalista y risueño de algunas costumbres del indígena o cholo peruano. Magnífico vestuario, música folklórica, decorado de acuarela y algunos aciertos de lenguaje que completan este cuadro. ¿Logró su intento? No. Definitivamente, no. Sólo ha logrado presentarnos un grosero y falsificado cuadro de costumbres y modos captados con aterradora superficialidad. Y este descalabro se debe a que parte de la concepción falsa de la materia literaria que trata. De ahí la inaguantable repetición de situaciones tontas alargadas hasta el hastío y la ausencia total de trasfondo anímico que todo personaje literario debe tener.

PÚBLICO Y CRÍTICOS
Sin embargo, gran parte del público ha reído de cada grosería de mal gusto y ha aplaudido a rabiar. Debemos pensar seriamente sobre este problema. Los críticos, de seguro, dirán que hay que apoyar este loable intento de hacer teatro “nuestro”. Y las señoronas de cualquier sociedad benéfica-cultural de vocales repetidas rogará al autor que lime, un poquito, su lenguaje para que “La chicha está fermentando” nos represente en los escenarios de América.

CONCLUSIÓN FINAL
“La chicha está fermentando” es una pésima obra teatral inspirada en una falsa y antojadiza concepción del pueblo cholo o indígena. ¿Es justo que se pretenda apoyar y estimular esta clase de “teatro” en donde, el autor, siguiendo un mecanismo fácil despierte la risa del pueblo capitalino a costa de una visión distorsionada con maldad de nuestro pueblo? No. Afirmamos, rotundamente, que la “obra” del señorito R.d.C.C. es una ofensa al Perú profundo. Estamos por un teatro de afirmación humana, social, revolucionaria.

Caballeros de provincia y señoritos capitalinos, en nuestra miserable y hambrienta patria la chicha está fermentado, ahora, sí, de verdad, en la desesperación de la juventud y el desamparo de las masas campesinas.